Mi padre tiene 62 años. Ha trabajado desde la adolescencia.
Consagró la mitad de su vida al Ejército, donde se hizo ingeniero. Fue diestro en el manejo de cañones antiaéreos, pero jamás participó en una guerra. A veces lo lamenta, aunque él es un hombre de paz.
Cuando los años duros de las crisis económica, en los 90, mi padre pedaleaba más de 100 kilómetros cada fin de semana para buscar comida. Recuerdo cómo me señalaba en un viejo mapa militar hasta dónde había llegado. Un día estuvo cerca de la costa sur de La Habana, muy lejos.
Ahora arregla montacargas y maneja un Citroën Berlingo. En ese auto ha atravesado la isla desde Guane –en el extremo occidental–, hasta Guantánamo –en el levante. Creo que nada le gusta más que manejar.
Por las noches se sienta a ver el televisor, cansado. Y duerme en el sillón, herencia de sus padres. Aún no piensa seriamente en el retiro.
Mi padre, José Evidio Caro Zayas-Bazán, nacido en el poblado de Florida, Camagüey, 470 kilómetros al este de esta ciudad donde un día sus manos dejarán de trabajar, para siempre.
Publicado originalmente en Habana 713 el 15 de abril de 2008.