No debo ser ingrato: en 2009 fui feliz. Es cierto que a ratos, dos o tres semanas, unas horas, alguna noche. Pero la felicidad, ya sabemos, es eso: momentos.
Ella me conoció y yo me desconocí. Hice de la huida un manifiesto. Exageré la dureza de los golpes. A fin de cuentas –con más números en el bolsillo que en el alma– sobreviví.
Debo dar gracias por todos los abrazos, los besos, las confesiones de ojos encendidos, los despertares… 365 días de apariciones y discretos adioses, miles de palabras y una sola, amistades diluidas y reencuentros, complicidades.
El último verano quizás no lo sea, pero 2009 ya valió como una despedida.
PS: Gracias a tod@s los que siguieron estos esporádicos rumores. Paz y amor para el 2010.