Hace casi un año que vivo solo, en un cuarto de menos de 70 metros cúbicos (el cálculo es deliberadamente inexacto). Alguien ha pasado por aquí, dejando su olor, una pieza de ropa, un libro… Mis padres habitan afuera, frente al televisor. En las madrugadas uniformes de San Agustín somos mi laptop y yo. La soledad es, digamos, el estado natural, el orden de las cosas en este pequeño universo de raras variaciones.
Después de leer este post de mi amigo @telegonz pensé que podría elaborar una lista de ejercicios para convivir con la soledad:
- Volver a leer un libro. El consejo es de Borges. Yo he regresado a ciertas novelas de Saramago.
- Poner música. He vivido semanas enteras con un solo disco de Jorge Drexler o Joaquín Sabina.
(El objetivo de los anteriores es quedarse dormido porque, sin dudas, nada mejor que dormir cuando la presencia de la soledad nos desborda.)
- Navegar por Internet. Cuidado con este ejercicio, es altamente adictivo, incluso a 56 kbps. Prohibido chatear y menos tener cibersexo.
- Ver series de televisión. Ni House, ni Lost, ni TBBT, ni ninguno de esos otros engendros hechos en Japón. Desperate housewives y Cuéntame cómo pasó. Una variante de esta práctica son las películas. Recomiendo vivamente Wall-e, un excelente filme sobre la soledad que nos aguarda.
- Buscar de manera autónoma el placer corporal, con la ayuda de la memoria o de algún soporte audiovisual. No me extiendo sobre este punto. Temo ser censurado por los motores de búsqueda.
Si ninguno de los anteriores ejercicios funciona y la soledad, lejos de ser una amable compañera se convierte en la amarga certeza de una ausencia, entonces no queda otro remedio: apaga el ordenador, cierra la Moleskine, sácate los audífonos y sal a encontrar, otra vez, esa persona en cuya compañía eres.