La circularidad de la Tierra nos define. Gira ella en ciclos de 24 horas, el día emerge y nos abandona. Ninguna luz es perenne. Y así marcamos nuestro tiempo de vigilia y sueño, de comienzo y fatiga, de placer y trabajo, de amor e indiferencia.
Los periodistas copian las noticias de otros años, el futbolista insiste en el regate que precedió al gol, los fanáticos olvidan la euforia y la renuevan, el cirujano divide la carne idéntica, el maquinista pierde la cuenta de los raíles, el obrero gira el tornillo…
La metáfora de Heráclito es falsa, o al menos la imagen del río como línea de la vida, símil del tiempo. No existe el mar, sólo una corriente que vuelve en torno a un eje, quizás Dios. La muerte sedimenta el cauce. En el surco de las generaciones, Julio César no se distingue del carpintero que pierde una falange en cualquier tarde sin gloria.
El mortal se pregunta sobre la fatalidad, pero su filosofía es vana. Condenado a repetir los gestos de su abuelos y de sus padres, enseñará la misma pantomima a sus hijos. Y se creerá feliz cuando el cachorro humano diga su primera palabra. Los idiomas engendran la ilusión de lo infinito.
Sólo hay un beso en Finca Vigía, y una mañana en aquel cuarto frío de Nuevo Vedado, y un sí frente al notario, y una despedida.
PS: El título en español es Una máquina a dos velocidades.