Se acariciaban en las escaleras del Gran Teatro de La Habana, un viernes sin función: ropas sucias, deseos limpios; a la vistas de los transeúntes que huían de la llovizna y el frío. Nosotros, correctos jóvenes casados, preferimos mudarnos a otro portal y no ser testigos del sexo indigente.
En el Parque Central, a espaldas de Martí, la televisión cazaba parejas de enamorados. Pulcros ciudadanos, anónimos, que repetían seguramente algún lugar común sobre el amor o balbuceaban un fragmento de la Filosofía de la Vida, esa enciclopedia inconclusa.
Luego regresamos al templo del Ballet Nacional de Cuba y vimos cómo dos policías reprendían a los amantes. Pero ya la televisión había apagado las cámaras, que tampoco filmaron a la pareja de muchachas frente al Capitolio: botella de vino abierta y manos en las caderas, como burlándose del impoluto, correctísimo, autorizado, Día de San Valentín.