Boris Leonardo Caro

Archive for the ‘Crónicas’ Category

Perfume

In Crónicas on 13/05/2010 at 9:21 am

Caminábamos por los jardines del Capitolio. Detrás, los edificios en ruinas, como antiguos templos de civilizaciones desaparecidas, pero habitados por tendederas, antenas, personas semidormidas bajo el bochorno del domingo habanero. Estábamos un poco más allá de la frontera entre la galería para turistas y el mundo real. Una marroquí, un libanés y yo.

Entonces se nos acercó una mujer, ni gorda ni flaca, ni joven ni vieja, ni mal vestida ni elegante… simplemente una mujer, como miles. Dijo algo, pidió, concibió una palabra que sonó parecida a “perfume”, pero no en castellano, sino en el idioma de los que han aprendido a mendigar, por puro vicio.

Quizás ella vivía en uno de esos solares, o en un albergue, rodeada de niños, sin demasiada comida, con muy poca ropa, los muebles mínimos comidos por el comején, un marido violento… en fin, el infierno.

Dos semanas atrás yo había gastado dos salarios medios en un caja azul, la más pequeña, de Cool Water, de Davidoff. “La vida pija”, me comentó un buen amigo. Y luego anunciaba en Facebook mi descubrimiento del camembert Coeur de Lion, un queso fabricado en Normandía, una exquisitez francesa. Pero no comprendí a aquella mujer y sentí mi orgullo de cubano herido, por esa epidemia de pedigüeños que asalta a los extranjeros en cada esquina de La Habana.

Un dólar… los niños; un perfume… la mujer… Y una ciudad que se cae a pedazos mientras nos piden calma. Yo sigo tomando vino tinto, comiendo camembert y escribiendo estas crónicas. Jodido, muy jodido.

Bauta

In Crónicas on 06/04/2010 at 8:57 am

Me desperté a las 7. Desayuno: una tortilla de queso de dos huevos y la jarra de yogurt. Luego escoger el disfraz de no turista, no habanero, paisano… para evitar la sospecha, la curiosidad, el asedio. Un jean viejo y un t-shirt de Yutong, a tono con los tiempos.

En vez de salir hacia la Terminal del Lido y escoger el destino, preferí el azar de los camiones en la añeja carretera central. Esperé media hora, llegó uno: Bauta.

Lo primero fue la hipérbole: un mercado llamado Gran París. Estamos en Cuba. Busqué instintivamente el parque y la iglesia, para orientarme. Con mi cámara al descubierto, nadie me miraba, nadie preguntaba nada, no vi un solo policía.

Desde el parque infantil junto a la iglesia, mientras fotografiaba los bustos de Martí y Maceo en la Logia, unas adolescentes me pidieron un retrato. Gritaban y yo recordé cierta escena de mi viaje a Trinidad, donde fui un turista europeo, un “yuma”, a mi pesar. Después regresé a la carretera central. Frente a un viejo cipo, dos niños me preguntaron qué hacía. Curiosidad natural, no me molestó.

Salí del pueblo y descubrí un motel, quizás de los años 80. Junto al cartel original, otro mostraba el cambio de época y los recientes sucesos de la economía nacional: la desaparición de la empresa Cubalse, tachada con desgano en la valla.

Regresé en un bicitaxi ─el medio de transporte local─ rumbo al cementerio. Los bautenses cuidan a sus muertos del sol y de la lluvia. ¿Pero quién los salva de la memoria frágil y del tiempo, que todo lo borra? Allí, en tumbas idénticas, la muerte es una para todos, uniforme en su sinsentido.

Caminé nuevamente por la arteria principal hasta que decidí ver qué había del otro lado del pueblo. Y allí estaba, a media cuadra de la calle ancha por donde algún día pasó un tren, el Disneylandia Bauta. Un parque infantil hecho de hierros decrépitos y mucha imaginación, decorado con todos los personajes de Walt Disney (hasta un Tweety estilo Western).

Entonces apareció el anciano en su bicicleta. ¿Usted qué está haciendo ahí? Fotos. ¿La presidenta lo mandó? No. Montó en su vehículo y se alejó un poco, apenas para amarrarla a un poste y regresar. Algún objetivo usted tiene con esas fotos, ¿la presidenta lo autorizó? ¿A usted no le gusta el dominó?, le pregunté. Sí. Pues a mí me gusta hacer fotos y soy de La Lisa. Ah, pues si quiere llévese los aparatos para allá, dijo con amargura.

Terminé de tomar las imágenes y me fui. El viejo también desapareció. Yo sabía que era imposible escapar, que el síndrome de la sospecha, el gen del policía, el terror a la simple libertad de permitir a cada cual hacer, sin autorizaciones de “la presidenta”, emergería en alguna esquina porque, a fin de cuentas, Bauta es Cuba.

Me detuve aún en la parada de los camiones, de regreso a La Habana. A unos metros, otro anciano pintaba con aguada de cal y una brocha grosera un poste de electricidad. Mañana llovería y el madero recobraría su color oscuro. Pero él no podía ya imaginarse ese “mañana”. Su penitencia, en apariencia inútil, nos enseñaba la vanidad de toda obra humana.

Industriales me hace soñar

In Crónicas on 01/04/2010 at 8:06 am

para Roger (que me pasó un SMS a la medianoche) y para Sol (que deseaba un post feliz)

Because the sky is blue…

Industriales era el favorito de nadie. Quizás sí: de esa diminuta procesión de fanáticos que puebla las gradas del Estadio Latinoamericano, aunque los azules jueguen contra Matanzas (el peor equipo de la pelota nacional), o pierda en el noveno inning por muchas carreras. Son gente admirable, gente con fe.

Agobiado por el “fantasma de las lesiones” y por la incesante emigración de sus estrellas, el equipo de Germán Mesa apenas clasificó a la final en el último vagón. Sólo un loco, o un soñador, podían apostar por ellos. Pero los leones barrieron con los súper favoritos de Sancti Spíritus y dejaron en el camino a los ex campeones del Habana. Ustedes seguramente conocen la historia.

Discutieron entonces el título de Campeón Nacional con el mejor equipo de la isla en la última década, el eterno segundo lugar, Villa Clara. No los cegó el desempeño de leyenda frente a sus contrincantes anteriores. No hicieron pronósticos triunfalistas. Prefirieron la modestia del Mago Mesa y la sonrisa de Alexander Malleta, la tenacidad de Yoandry Urgellés y Carlos Tabares… Y ganaron.

Después de una temporada mediocre, criticada incluso por una reconocida cronista de la prensa deportiva a causa la apatía del público, los play off revivieron la pasión por el béisbol en Cuba. Quiero creer que ese renacimiento es una señal; que la serenidad de Joan Socarrás, ese niño de 19 años capaz de imponerse a bateadores experimentados, nos habla del futuro de esta isla; que el espíritu de equipo de mis amados Industriales prefigura de algún modo el mañana.

No importa que la premiación haya sido tan deslucida. No comprendo por qué las medallas son otorgadas por funcionarios del gobierno y el Partido Comunista, en vez de honrar a las peñas deportivas, verdaderas inspiradoras del béisbol en el país. O sí, entiendo, pero la mezcla de deporte e ideología me harta.

Industriales desveló ayer a millones de personas en La Habana y en el resto de la isla. Y cuando cayó el out 30, en mi barrio y en otros la gente salió a festejar, con una lata y un palo. Abril comienza bien. Parece que este año nadie podrá robarnos la primavera.

Coppelia

In Crónicas on 29/03/2010 at 9:00 am

Coppelia no existe. Podría ser el negocio más próspero de La Habana, pero no: es apenas un ridículo gigante de concreto y cristales que ocupa demasiado espacio en el centro de la ciudad. Merece, lo menos, un abordaje de bulldozers.

Quizás exagero. Coppelia existe en la memoria de mi madre, en sus años de estudiante de enfermería y los mil y un sabores de la carta legendaria; también en el imaginario de generaciones de jóvenes universitarios; en las mitologías íntimas de los románticos… Eso es Coppelia: pura nostalgia.

En sus maltrechas bolas de algo que recuerda muy remotamente al helado tropical de los 90, se derrite sin prisa el Ártico y trafican cacao de pésima calidad unos corsarios franceses. Allí los consumidores tienen deberes, y el deber de exigir, no derechos. Los meseros lanzan sus plásticas canoas lácteas con la cortesía de un bodeguero a inicios de mes.

La vanidosa Catedral del Helado es un templo a la mediocridad, el obelisco que conmemora cada día, sin celebraciones, el gran fracaso.

Coppelia, 8:00 p.m.

In Crónicas on 13/11/2009 at 10:00 am

Cada uno pidió cinco ensaladas. Veinticinco bolas de caramelo y chocolate: un festín helado. En 23 y L policías verdes bajaban de un camión gris. Adolescentes nacidos en poblados cuyos nombres causan maravilla y ocultan el abandono.

Coman bastante ahora, que cuando los coja el servicio…, intenté una broma. Nosotros somos profesores de una escuela en el Cerro, me dijeron. Ya pasamos el servicio de la calle.

A la cancha se acercó un policía azul.

¿Quieren caramelo?, ofreció la camarera con una botella llena de almíbar. Echa bastante… la verdad que como tú no hay ninguna.

En la cuarta esquina de la mesa, un anciano aseguró que este helado era regular. Le faltaba o le sobraba aire, o espuma, o grasa, o leche. Pero algo andaba mal. Luego cargó con tres ensaladas en un pozuelo plástico, para su esposa. Ahora me toca batear a mí, murmuró frente a dos ensaladas.

Afuera, por la aceras circulares de Coppelia, rondaban los de verde.

¡Cómo te descargo, loco!

In Crónicas on 11/11/2009 at 10:30 am

Regresábamos. Yo de mis clases de francés, de ocho horas en la oficina. Ellos de sus talleres, sus obras. La fatiga era la misma.

Cuando en las bocinas del ómnibus emergió la Charanga Habanera, los tres olvidamos el cansancio y bailamos: marcando el ritmo con los pies, la cabeza, con la sonrisa.

Veníamos de tres puntos distantes del universo. No nos conocíamos. Pero en esa dimensión de música, fuimos un solo cuerpo.

Rumores

In Crónicas on 13/08/2009 at 1:30 pm

Han cerrado varias tiendas. Esta también van a cerrarla. Nosotros somos los únicos perjudicados. ¿A quién le importa?, dice la cajera.
Pago mi pote de helado de vainilla. Un peso convertible. Veinticinco pesos cubanos. Mi padre no podría comprarlo con lo que gana en ocho horas de trabajo: la grasa, el calor, los montacargas.
Y yo me pregunto…

El hombre gris

In Crónicas on 07/08/2009 at 9:00 am

Me dijo que tenía un tumor en el pulmón. Era de San Nicolás, en Güines. Había salido del hospital y no tenía dos pesos para el pasaje. Fumaba. Toda su confesión fue “de hombre a hombre”, con esa familiaridad que sólo podemos alcanzar con quienes nos resultan absolutamente extraños. No le creí. Había escuchado la misma historia media docena de veces.

Luego pensé en la vida de este hombre, en su cuerpo gastado, como el falso papel del médico que me mostraba.

Quizás había tenido una existencia miserable, o, por el contrario, su mendicidad era un castigo por ciertos excesos. En cualquier caso, mi limosna habría acentuado su condición, aunque pareciera aliviarla. Me sentí bien al saber, entonces, que mi incredulidad lo había salvado de otra humillación.

Un cubano nuevo

In Crónicas on 03/08/2009 at 9:00 am

Hoy nacerá Nicodemo. Su madre y su padre no lo llamarán así, aunque ese sea el nombre asignado por un viejo santoral que conservan en la sala donde las embarazadas esperan el alumbramiento. No son católicos. Su época es también otra, con costumbres menos ortodoxas, gracias a Dios.

Nicodemo llegará al mundo un día memorable. La efeméride recuerda que un 3 de agosto Alejandro derrotó a atenienses y tebanos en Queronea. En otra fecha semejante, pero de 1492, Cristóbal Colón abandonó el puerto de Palos de Moguer y comenzó su travesía hacia un mundo desconocido por los europeos.

Otras conmemoraciones añaden gloria, dolor o infamia al 215º día del año.

No creo que sobre el destino de esta criatura pesen las hazañas bélicas del Magno, o el espíritu aventurero del Almirante. Quizás sí, sería deseable, la sabiduría atribuida a su santo protector según la tradición cristiana, el judío Nicodemo, que reconoció a Jesús como El Salvador.

Nacerá, en cambio, en una época y en un país harto complejos. A su tiempo sabrá de desapariciones de especies, cambio climático, hambrunas, epidemias, desastres naturales… el convulso día a día de su casa grande, la Tierra.

Pero no son estos malestares planetarios los que marcarán con mayor agudeza la existencia del infante, joven, adulto Nicodemo.

Abrirá los ojos en una isla agobiada por dos décadas de crisis económica, incapaz de alimentarse a sí misma, dando tumbos como un barco en medio de una tempestad perenne.

Será testigo de la partida de miles de compatriotas cada año, empujados al camino de la emigración por razones diversas, mas todas dolorosas. Escuchará las historias de este o aquel amigo, de uno de cada cinco, del vecino, del éxodo.

Dará sus primeros pasos en una nación dividida entre quienes creen, quienes ya no creen o quienes prefieren la indiferencia.

Reconocerá el temor, la traición, el abuso, la impotencia.

Lo protegerán su madre, su padre, su familia de sangre y una legión de tías y tíos que se fueron sumando por obra del amor sembrado.

Será feliz, no lo dudo.

Nicodemo, un cubano nuevo. Ojalá no cargue con nuestros rencores, con nuestras palabras corruptas por el uso, con la memoria que no permite caminar: estatuas de sal.

Bienvenido a la vida, mi querido sobrino Nicodemo.

Mudanzas

In Crónicas on 15/06/2009 at 9:00 am

Producimos objetos para llenar cajas, mochilas, maletas, bolsas de nylon, equipajes de nuestra vida nómada. Gitanos sentimentales, que repiten el ritual en una frase: después paso a recoger mis cosas.

Nunca he dejado más que un par de chancletas, un pulóver para dormir, un cepillo de dientes… Pequeño morral para quien siempre -o casi- proyecta hogares, descendencias,  retiros en la montaña.

Así fue en casa de A y luego en el apartamento diminuto de L. Hubo tiempo para acumular algunos bienes menores, sin embargo, la discusión no llegó al río.
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Vecindades

In Crónicas on 08/06/2009 at 9:00 am

No los conozco… exagero. Sé el nombre de algunos por su boca, he escuchado el de otros, que suben sobre gritos las paredes indiscretas del edificio. Fueron mis vecinos durante los tres meses de independencia habitacional.

Caras vistas una vez, sin buenos días en el pasillo, la mirada de penitencia contra la puerta, cerrada al extraño que camina por las escaleras.

En mi piso sólo conversé con la mujer de la primera puerta. Ella guardaba las llaves antes de mi aparición. Hace algún tiempo se fue de viaje. No recuerdo cómo lo supe.
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Chancletas

In Crónicas on 01/06/2009 at 9:00 am

Hay pocas torturas domésticas peores que caminar con una chancleta rota. Por más que pacientemente coloquemos la tira en su lugar y arrastremos los pies como si esquiásemos sobre las lozas de la cocina, tarde o temprano volverán a descomponerse.

Hace un par de meses compré un par del tipo que en Cuba llamamos “mete-deo”, en una de esas tiendas mitad casa comisionista, mitad almacén de artículos ociosos y de lento movimiento, donde hasta los estantes bostezan. El precio era demasiado bueno y yo andaba buscando una solución transitoria para mi recién inaugurada independencia habitacional. Pero como decía la abuelita: lo barato sale caro.

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El coco

In Crónicas on 25/05/2009 at 2:00 pm

Lunes. Esa palabra significa mal humor al despertar, dolor en las piernas como si hubiera trasnochado —en realidad estuve navegando hasta después de la medianoche— y el retorno a la oficina.

Hace siglos que no pasaba por aquí. Desde el viernes. Pero el fin de semana fue un viaje a otra dimensión. Dos días observando el rastro de Ella en mi apartamento.

Bajo los árboles de la avenida 23, donde espero la guagua amarilla que me trae al trabajo, siempre encuentro a dos o tres mujeres que invariablemente hablan de sus esposos, bien intencionados, los pobres, pero ineptos para cualquier labor hogareña. Hoy el tema era otro: los apagones.

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El rumor

In Crónicas on 24/05/2009 at 5:28 pm

Escribo desde la adolescencia. Aprendí a chapotear en un teclado con una moderna máquina de escribir italiana ―lo cual ahora me parece un sacrilegio, pues lo correcto hubiera sido hacerlo en una auténtica Remington. Mis primeros textos eran “filosóficos”. Cuando uno se ha encontrado con Holden Caulfield a cierta edad es normal que la sociedad le parezca un horror y las ideas propias, geniales.

Ninguno de aquellos textos se salvó. Es lamentable, porque hoy habrían sido una fuente inapreciable de humor psicoanalítico para mis desiertas tardes de domingo. Como casi todo en mi vida, cargué con las culpas a una mujer y los eché a la basura. En el papeleo que sucumbió a aquel suicidio literario, había versos, textos aspirantes a cuentos y aquellos arrebatos filosóficos que ya mencioné.

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