Me desperté a las 7. Desayuno: una tortilla de queso de dos huevos y la jarra de yogurt. Luego escoger el disfraz de no turista, no habanero, paisano… para evitar la sospecha, la curiosidad, el asedio. Un jean viejo y un t-shirt de Yutong, a tono con los tiempos.
En vez de salir hacia la Terminal del Lido y escoger el destino, preferí el azar de los camiones en la añeja carretera central. Esperé media hora, llegó uno: Bauta.
Lo primero fue la hipérbole: un mercado llamado Gran París. Estamos en Cuba. Busqué instintivamente el parque y la iglesia, para orientarme. Con mi cámara al descubierto, nadie me miraba, nadie preguntaba nada, no vi un solo policía.
Desde el parque infantil junto a la iglesia, mientras fotografiaba los bustos de Martí y Maceo en la Logia, unas adolescentes me pidieron un retrato. Gritaban y yo recordé cierta escena de mi viaje a Trinidad, donde fui un turista europeo, un “yuma”, a mi pesar. Después regresé a la carretera central. Frente a un viejo cipo, dos niños me preguntaron qué hacía. Curiosidad natural, no me molestó.
Salí del pueblo y descubrí un motel, quizás de los años 80. Junto al cartel original, otro mostraba el cambio de época y los recientes sucesos de la economía nacional: la desaparición de la empresa Cubalse, tachada con desgano en la valla.
Regresé en un bicitaxi ─el medio de transporte local─ rumbo al cementerio. Los bautenses cuidan a sus muertos del sol y de la lluvia. ¿Pero quién los salva de la memoria frágil y del tiempo, que todo lo borra? Allí, en tumbas idénticas, la muerte es una para todos, uniforme en su sinsentido.
Caminé nuevamente por la arteria principal hasta que decidí ver qué había del otro lado del pueblo. Y allí estaba, a media cuadra de la calle ancha por donde algún día pasó un tren, el Disneylandia Bauta. Un parque infantil hecho de hierros decrépitos y mucha imaginación, decorado con todos los personajes de Walt Disney (hasta un Tweety estilo Western).
Entonces apareció el anciano en su bicicleta. ¿Usted qué está haciendo ahí? Fotos. ¿La presidenta lo mandó? No. Montó en su vehículo y se alejó un poco, apenas para amarrarla a un poste y regresar. Algún objetivo usted tiene con esas fotos, ¿la presidenta lo autorizó? ¿A usted no le gusta el dominó?, le pregunté. Sí. Pues a mí me gusta hacer fotos y soy de La Lisa. Ah, pues si quiere llévese los aparatos para allá, dijo con amargura.
Terminé de tomar las imágenes y me fui. El viejo también desapareció. Yo sabía que era imposible escapar, que el síndrome de la sospecha, el gen del policía, el terror a la simple libertad de permitir a cada cual hacer, sin autorizaciones de “la presidenta”, emergería en alguna esquina porque, a fin de cuentas, Bauta es Cuba.
Me detuve aún en la parada de los camiones, de regreso a La Habana. A unos metros, otro anciano pintaba con aguada de cal y una brocha grosera un poste de electricidad. Mañana llovería y el madero recobraría su color oscuro. Pero él no podía ya imaginarse ese “mañana”. Su penitencia, en apariencia inútil, nos enseñaba la vanidad de toda obra humana.