Caminábamos por los jardines del Capitolio. Detrás, los edificios en ruinas, como antiguos templos de civilizaciones desaparecidas, pero habitados por tendederas, antenas, personas semidormidas bajo el bochorno del domingo habanero. Estábamos un poco más allá de la frontera entre la galería para turistas y el mundo real. Una marroquí, un libanés y yo.
Entonces se nos acercó una mujer, ni gorda ni flaca, ni joven ni vieja, ni mal vestida ni elegante… simplemente una mujer, como miles. Dijo algo, pidió, concibió una palabra que sonó parecida a “perfume”, pero no en castellano, sino en el idioma de los que han aprendido a mendigar, por puro vicio.
Quizás ella vivía en uno de esos solares, o en un albergue, rodeada de niños, sin demasiada comida, con muy poca ropa, los muebles mínimos comidos por el comején, un marido violento… en fin, el infierno.
Dos semanas atrás yo había gastado dos salarios medios en un caja azul, la más pequeña, de Cool Water, de Davidoff. “La vida pija”, me comentó un buen amigo. Y luego anunciaba en Facebook mi descubrimiento del camembert Coeur de Lion, un queso fabricado en Normandía, una exquisitez francesa. Pero no comprendí a aquella mujer y sentí mi orgullo de cubano herido, por esa epidemia de pedigüeños que asalta a los extranjeros en cada esquina de La Habana.
Un dólar… los niños; un perfume… la mujer… Y una ciudad que se cae a pedazos mientras nos piden calma. Yo sigo tomando vino tinto, comiendo camembert y escribiendo estas crónicas. Jodido, muy jodido.