Hoy nacerá Nicodemo. Su madre y su padre no lo llamarán así, aunque ese sea el nombre asignado por un viejo santoral que conservan en la sala donde las embarazadas esperan el alumbramiento. No son católicos. Su época es también otra, con costumbres menos ortodoxas, gracias a Dios.
Nicodemo llegará al mundo un día memorable. La efeméride recuerda que un 3 de agosto Alejandro derrotó a atenienses y tebanos en Queronea. En otra fecha semejante, pero de 1492, Cristóbal Colón abandonó el puerto de Palos de Moguer y comenzó su travesía hacia un mundo desconocido por los europeos.
Otras conmemoraciones añaden gloria, dolor o infamia al 215º día del año.
No creo que sobre el destino de esta criatura pesen las hazañas bélicas del Magno, o el espíritu aventurero del Almirante. Quizás sí, sería deseable, la sabiduría atribuida a su santo protector según la tradición cristiana, el judío Nicodemo, que reconoció a Jesús como El Salvador.
Nacerá, en cambio, en una época y en un país harto complejos. A su tiempo sabrá de desapariciones de especies, cambio climático, hambrunas, epidemias, desastres naturales… el convulso día a día de su casa grande, la Tierra.
Pero no son estos malestares planetarios los que marcarán con mayor agudeza la existencia del infante, joven, adulto Nicodemo.
Abrirá los ojos en una isla agobiada por dos décadas de crisis económica, incapaz de alimentarse a sí misma, dando tumbos como un barco en medio de una tempestad perenne.
Será testigo de la partida de miles de compatriotas cada año, empujados al camino de la emigración por razones diversas, mas todas dolorosas. Escuchará las historias de este o aquel amigo, de uno de cada cinco, del vecino, del éxodo.
Dará sus primeros pasos en una nación dividida entre quienes creen, quienes ya no creen o quienes prefieren la indiferencia.
Reconocerá el temor, la traición, el abuso, la impotencia.
Lo protegerán su madre, su padre, su familia de sangre y una legión de tías y tíos que se fueron sumando por obra del amor sembrado.
Será feliz, no lo dudo.
Nicodemo, un cubano nuevo. Ojalá no cargue con nuestros rencores, con nuestras palabras corruptas por el uso, con la memoria que no permite caminar: estatuas de sal.
Bienvenido a la vida, mi querido sobrino Nicodemo.