Regresamos a La Habana. Me emociona verla desde lejos: la silueta gris de los edificios, la cúpula del Capitolio… Y luego la realidad golpea duro. Bienvenido a la ciudad del calor, donde una mujer te pide jabones o caramelos y un tipo dice que tienes “buena pinta” porque pareces extranjero.
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Brisa
In Viñetas on 15/07/2010 at 9:22 amEl termómetro sentencia más de 30 grados. Sudo. En un parque sin nombre de Regla: hay un busto de Antonio Maceo, un anacrónico campo de tiro, bancos con el cuño de la República, gorriones. Entonces me propongo el silencio. Detengo el abanico. Sobre la piel siento la brisa, lenta.
San Ignacio
In Viñetas on 07/06/2010 at 9:00 amEn una misma calle, un hombre me da la bienvenida a La Habana -cree que soy un turista-; dos extraños ajedrecistas juegan a la entrada de un solar, bajo la mirada del Che, y más adelante un guerrillero colorido presencia la ruina; donde hubo un edificio, ahora se levantan las gradas invisibles de un partido de cuatro esquinas. Por todas partes un enjambre de viajeros armados con cámaras fotográficas captan el exotismo de la circunstancia.
Miedo
In Viñetas on 15/05/2010 at 9:28 amLos hombres no debemos confesar nuestro miedo. Es parte de la enseñanza machista que recibimos desde el nacimiento: “los hombres no lloran”.
Pero ayer, cuando escuché la noticia sobre el temblor de tierra en Artemisa, a una pocas decenas de kilómetros de mi casa, sentí el temor de que todo podría terminar en un instante, sin avisar, sin preguntar. Sé que la vida es frágil y siempre estamos en peligro de perderla. Un segundo después y aquel auto te aplasta. Un minuto antes y el pedazo de balcón de La Habana Vieja cae sobre ti… Es el azar, claro, la tragedia personal.
Pensar en un terremoto, imaginar los edificios de mi barrio devastados por la sacudidas de este planeta cansado…
Perfume
In Crónicas on 13/05/2010 at 9:21 amCaminábamos por los jardines del Capitolio. Detrás, los edificios en ruinas, como antiguos templos de civilizaciones desaparecidas, pero habitados por tendederas, antenas, personas semidormidas bajo el bochorno del domingo habanero. Estábamos un poco más allá de la frontera entre la galería para turistas y el mundo real. Una marroquí, un libanés y yo.
Entonces se nos acercó una mujer, ni gorda ni flaca, ni joven ni vieja, ni mal vestida ni elegante… simplemente una mujer, como miles. Dijo algo, pidió, concibió una palabra que sonó parecida a “perfume”, pero no en castellano, sino en el idioma de los que han aprendido a mendigar, por puro vicio.
Quizás ella vivía en uno de esos solares, o en un albergue, rodeada de niños, sin demasiada comida, con muy poca ropa, los muebles mínimos comidos por el comején, un marido violento… en fin, el infierno.
Dos semanas atrás yo había gastado dos salarios medios en un caja azul, la más pequeña, de Cool Water, de Davidoff. “La vida pija”, me comentó un buen amigo. Y luego anunciaba en Facebook mi descubrimiento del camembert Coeur de Lion, un queso fabricado en Normandía, una exquisitez francesa. Pero no comprendí a aquella mujer y sentí mi orgullo de cubano herido, por esa epidemia de pedigüeños que asalta a los extranjeros en cada esquina de La Habana.
Un dólar… los niños; un perfume… la mujer… Y una ciudad que se cae a pedazos mientras nos piden calma. Yo sigo tomando vino tinto, comiendo camembert y escribiendo estas crónicas. Jodido, muy jodido.
Bauta
In Crónicas on 06/04/2010 at 8:57 amMe desperté a las 7. Desayuno: una tortilla de queso de dos huevos y la jarra de yogurt. Luego escoger el disfraz de no turista, no habanero, paisano… para evitar la sospecha, la curiosidad, el asedio. Un jean viejo y un t-shirt de Yutong, a tono con los tiempos.
En vez de salir hacia la Terminal del Lido y escoger el destino, preferí el azar de los camiones en la añeja carretera central. Esperé media hora, llegó uno: Bauta.
Lo primero fue la hipérbole: un mercado llamado Gran París. Estamos en Cuba. Busqué instintivamente el parque y la iglesia, para orientarme. Con mi cámara al descubierto, nadie me miraba, nadie preguntaba nada, no vi un solo policía.
Desde el parque infantil junto a la iglesia, mientras fotografiaba los bustos de Martí y Maceo en la Logia, unas adolescentes me pidieron un retrato. Gritaban y yo recordé cierta escena de mi viaje a Trinidad, donde fui un turista europeo, un “yuma”, a mi pesar. Después regresé a la carretera central. Frente a un viejo cipo, dos niños me preguntaron qué hacía. Curiosidad natural, no me molestó.
Salí del pueblo y descubrí un motel, quizás de los años 80. Junto al cartel original, otro mostraba el cambio de época y los recientes sucesos de la economía nacional: la desaparición de la empresa Cubalse, tachada con desgano en la valla.
Regresé en un bicitaxi ─el medio de transporte local─ rumbo al cementerio. Los bautenses cuidan a sus muertos del sol y de la lluvia. ¿Pero quién los salva de la memoria frágil y del tiempo, que todo lo borra? Allí, en tumbas idénticas, la muerte es una para todos, uniforme en su sinsentido.
Caminé nuevamente por la arteria principal hasta que decidí ver qué había del otro lado del pueblo. Y allí estaba, a media cuadra de la calle ancha por donde algún día pasó un tren, el Disneylandia Bauta. Un parque infantil hecho de hierros decrépitos y mucha imaginación, decorado con todos los personajes de Walt Disney (hasta un Tweety estilo Western).
Entonces apareció el anciano en su bicicleta. ¿Usted qué está haciendo ahí? Fotos. ¿La presidenta lo mandó? No. Montó en su vehículo y se alejó un poco, apenas para amarrarla a un poste y regresar. Algún objetivo usted tiene con esas fotos, ¿la presidenta lo autorizó? ¿A usted no le gusta el dominó?, le pregunté. Sí. Pues a mí me gusta hacer fotos y soy de La Lisa. Ah, pues si quiere llévese los aparatos para allá, dijo con amargura.
Terminé de tomar las imágenes y me fui. El viejo también desapareció. Yo sabía que era imposible escapar, que el síndrome de la sospecha, el gen del policía, el terror a la simple libertad de permitir a cada cual hacer, sin autorizaciones de “la presidenta”, emergería en alguna esquina porque, a fin de cuentas, Bauta es Cuba.
Me detuve aún en la parada de los camiones, de regreso a La Habana. A unos metros, otro anciano pintaba con aguada de cal y una brocha grosera un poste de electricidad. Mañana llovería y el madero recobraría su color oscuro. Pero él no podía ya imaginarse ese “mañana”. Su penitencia, en apariencia inútil, nos enseñaba la vanidad de toda obra humana.
Coppelia
In Crónicas on 29/03/2010 at 9:00 amCoppelia no existe. Podría ser el negocio más próspero de La Habana, pero no: es apenas un ridículo gigante de concreto y cristales que ocupa demasiado espacio en el centro de la ciudad. Merece, lo menos, un abordaje de bulldozers.
Quizás exagero. Coppelia existe en la memoria de mi madre, en sus años de estudiante de enfermería y los mil y un sabores de la carta legendaria; también en el imaginario de generaciones de jóvenes universitarios; en las mitologías íntimas de los románticos… Eso es Coppelia: pura nostalgia.
En sus maltrechas bolas de algo que recuerda muy remotamente al helado tropical de los 90, se derrite sin prisa el Ártico y trafican cacao de pésima calidad unos corsarios franceses. Allí los consumidores tienen deberes, y el deber de exigir, no derechos. Los meseros lanzan sus plásticas canoas lácteas con la cortesía de un bodeguero a inicios de mes.
La vanidosa Catedral del Helado es un templo a la mediocridad, el obelisco que conmemora cada día, sin celebraciones, el gran fracaso.
A 45 millas, bajo cero
In Viñetas on 08/01/2010 at 3:00 pmEl sábado 9 de enero de 2010 hizo un frío histórico en el Estrecho de la Florida. Tanto bajaron las temperaturas que las aguas se congelaron y el (a)brazo de mar entre La Habana y Miami se convirtió en una pista de hielo.
Al enterarnos de la noticia, mis amigos Sol y Ariel y yo pactamos un picnic a medio camino, justo en las 45 millas. Allí estuvimos desde la mañana hasta el atardecer, sin aduanas, sin visas, sin propaganda. Compartimos una exquisita dieta gluten free, además de la inevitable mantequilla de maní y el chocolate.
Luego regresamos. Ellos a su pedazo de Cuba en Miami, y yo al mío en La Habana.
PS: Quizás un día el clima logre el encuentro que los políticos han impedido durante cinco décadas.
Coppelia, 8:00 p.m.
In Crónicas on 13/11/2009 at 10:00 amCada uno pidió cinco ensaladas. Veinticinco bolas de caramelo y chocolate: un festín helado. En 23 y L policías verdes bajaban de un camión gris. Adolescentes nacidos en poblados cuyos nombres causan maravilla y ocultan el abandono.
Coman bastante ahora, que cuando los coja el servicio…, intenté una broma. Nosotros somos profesores de una escuela en el Cerro, me dijeron. Ya pasamos el servicio de la calle.
A la cancha se acercó un policía azul.
¿Quieren caramelo?, ofreció la camarera con una botella llena de almíbar. Echa bastante… la verdad que como tú no hay ninguna.
En la cuarta esquina de la mesa, un anciano aseguró que este helado era regular. Le faltaba o le sobraba aire, o espuma, o grasa, o leche. Pero algo andaba mal. Luego cargó con tres ensaladas en un pozuelo plástico, para su esposa. Ahora me toca batear a mí, murmuró frente a dos ensaladas.
Afuera, por la aceras circulares de Coppelia, rondaban los de verde.